Fukushima, la lección nunca aprendida


El gran fallo del desastre nuclear de Fukushima no ocurrió en el diseño de la central, ni aparece en el informe de causas y recomendaciones posterior. Tampoco es inherente sólo a la energía nuclear, aunque sea el caso más evidente por sus efectos y en días como hoy recordemos a sus víctimas inmediatas en aniversarios, pero hay otros. El gran fallo se trata de un error de concepto, del concepto de progreso, en el que el único pedal disponible es el de aceleración por la vía técnica en lugar de frenar aplicando el principio de precaución y la sensatez.

Decía que hay otros, como que en lugar de optar a una cultura de paz desarrollamos misiles intercontinentales; o en lugar de ciudades más humanas y cercanas, desarrollamos transportes más rápidos y cinturones de circulación; que en vez de una vida más saludable, cada vez necesitamos más medicinas para afrontar las enfermedades y alergias que provocamos… Ante un problema, pensamos antes en desarrollar una herramienta que lo sofoque sin darnos cuenta de que son nuestras acciones las que lo generan. Por ese camino, no importa cuando, la lógica dicta acabar encontrando un problema que, por falta de tiempo o por la propia falibilidad humana, no podamos resolver y cuyas consecuencias sean demasiado grandes para evitarlas. Puede ser el cambio climático, una nueva enfermedad, quizás otro desastre nuclear, hagan sus apuestas. Lo que es seguro es que no dejaremos de añadir fechas a un calendario ya sobrecargado que nos recuerde que la causa es una lección nunca aprendida.

Hoy, 10 de marzo, mis recuerdos para las víctimas de Fukushima. Hagamos que sean las últimas.

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